miércoles, 16 de enero de 2008

Hombre elefante

A pesar de su infame infancia, protagonizada por todo tipo de maltratos y vejaciones en el circo, de su exhibición y tratamiento como bestia, de los duros golpes recibidos, a pesar de las circunstancias adversas, nunca olvidaría la figura de su madre. De hecho, en muchas ocasiones ha logrado sobrevivir a las brutales palizas, al borde de la extenuación, mediante la evocación de su recuerdo y la nostalgia que le produce. Guardaba consigo una foto de ella y la observaba para sanar del dolor físico y del otro dolor, el producido cada vez que alguien lo miraba para ridiculizarlo, cada vez que alguien se mofaba de él, cada vez que alguien le insultaba por su físico defectuoso. Ese dolor era, sigue siendo en su memoria mucho más intenso, no cura nunca.

John Merrick miraba el rostro de su madre, la admira tanto, conoce sus facciones de memoria… y no podía evitar que brotase en él una irremediable furia interna, que provocaba alguna que otra lágrima, pues no lograba comprender a qué se deben las deformaciones que él sufre, frente a los rasgos angelicales de su madre. Ella era bella. Él es una bestia, y no podía luchar contra ello. Se sabía deforme, se despreciaba, se humillaba en su propio silencio. Le dolía profundamente el silencio que le rodeaba en la vida, le dolía el silencio que impregnaba su ser racional sin voz.

El doctor Treeves, que consiguió liberarlo, sacarlo de su jaula circense, devolverle el aire que respirar y dotarle de la naturaleza humana que a John le habían negado, comprobó que padecía un mal congénito denominado elefantiásis, y que era un humano con cuerpo de elefante, o que tenía caracteres de naturaleza humana y caracteres de naturaleza animal.

Pero al margen de toda explicación científica y racional, John aprendía a hablar y a leer, descubría sensaciones, experimentaba placeres y explotaba su sensibilidad, aprendía a ser humano, mientras aprehendía el sabor de las emociones. Lo grotesco dejó paso a lo sublime. Lo siniestro se volvió bello cuando John Merrick se enamoró perdidamente de Erika, una de las cuidadoras que lo atendieron durante el tiempo que permaneció ingresado en el ambulatorio del doctor Treeves.

Erika simbolizaba la dulzura, la sensatez, la sensibilidad, la desconocida y atrayente femineidad para el John hombre. El ser monstruoso descubrió el amor. Erika también lo quería. Había descubierto en él al hombre sensible que siempre había deseado conocer y decidió, aun sabiendo de la enfermedad de John, compartir con él su vida, incluso se plantearon la posibilidad de tener hijos. Tres años después, nació Trunk, que heredó la enfermedad de su padre, si bien sus rasgos de naturaleza animal –la similitud con el elefante- se agravaron con su embarazo.

Para entonces, John, bastante mayor ya, contemplaba sin cesar la foto de su madre, y la de Erika, fallecida el año anterior. Miraba una y otra y pensaba cuánto habrían deseado conocer a Trunk y a su futura nieta. Esbozó el retrato de su hija embarazada con sus propias manos. Recordaba el momento en que aprendió a hacer maquetas y descubrió que podía realizar multitud de cosas con sus manos de monstruo. Lo grotesco también resulta bello. La belleza no reside en la majestuosidad, ni en la excelencia.

1 comentario:

Departamento de Lengua dijo...

¡Nati! ¡Qué bonito! Es un lujo de sensibilidad y ternura. De verdad, me ha encantado.
Un beso
Ángela