lunes, 14 de enero de 2008

Adán, siempre el primero


Adán fue el primer hombre en La Tierra, el único que de verdad conoció la soledad. Y como él, Adán Trompeta se sentía sólo. La única diferencia entre los dos fue su "humanidad" porque, aunque a primera vista no lo pareciera, el elefante era mucho más humano que el propio hombre, válgame la redundancia.

De jóven, Adán Trompeta probablemente había sido como un elefante más, pero con el tiempo el humano llegó a sus tierras y Adán no sólo quiso socializarse como lo hizo el bíblico, sino que quiso aprender del hombre, conocer y adquirir su razón. Su familia le avisaba: "ellos son humanos, nosotros paquidermos", y sin embargo a nuestro orejudo amigo le llamaban tanto la atención...
Y un día, entre los calores y los granos de la adolescencia decidió que él era el único dueño de su destino, y ¿qué iban a saber sus padres y hermanos de los humanos? ¡no los conocían!, y él, sin embargo, los conocía muy bien...les había visto tantas veces de lejos...

Así que empacó y viajó y viajó hasta que aterrizó en un cuento de Jorge Bucay. ¡Los humanos estaban tan interesados en él como él mismo en ellos!... Era alguien importante, alguien especial. Un día ese libro se editó, se encuadernó y se mandó por todo el mundo para venderse (¡cuán emocionado estaba Adán!), y cuando llegó a su estantería correspondiente de una librería vio que en la portada del libro de al lado había un lindo pajarito. Al lado de éste había otro con un león y así hasta cientos de animales distintos. Pero, ¿cómo podía ser? él era Adán, el único con carácter y carisma suficiente para estar en la portada de un libro. Él era distinto, era único....no podía tener esa clase de competencia. Llamó al pajarito del libro contiguo y, cuando éste se giró contentándose por el interés de su vecino, el jóven Trompeta se lo zampó. Y ya no hubo marcha atrás. La exclusividad tenía un precio.
El paquidermo fue engullendo como si de un macrófago se tratara, a todos sus compañeros de estantería, hasta que quedó tan gordo, tan demacrado y tan feo que nadie quiso comprar su libro. "¡qué deforme!" decían los compradores en potencia, pero ¿cómo creían que podía quedar un elefante humanizado? Según conoció el mercado quiso monopolizarlo. ¿Acaso hay algo más humano?. Pobre Adán Trompeta. Al sentirse tan sólo en la polvorienta estantería regresó a sus lejanas tierras natales y encontró a una feliz familia que no le reconocía... Nunca volvió a ser lo que era, mas consguió aleccionar indirectamente a generaciones de elefantitos, convirtiéndose en el mítico personaje del coco-elefante. Nunca más volvió a tener amigos ni familia, nunca más. Y entonces recordó a ese antiquísimo tocayo suyo que quería sociedad, que clamaba por un poco de conversación, y se sintió como él: pobre, desvalido, solo... y, ¡cómo no, dulce humanidad!, único.



Clara

1 comentario:

Departamento de Lengua dijo...

Mola, morena. Me ha gustado mucho. Te he mandado una invitación a tu correo para que participes desde él siempre que quieras.